ODA A LA ALEGRÍA
7 de mayo de 1824. Bajo un cielo nublado
europeo burbujea la ciudad de Viena con miles de personas que se arremolinan
alrededor del Teatro de la Corte Imperial, empujándose para poder estar dentro
de los techos de mármol del refugio de las artes vienés. Quien logre traspasar
las puertas del teatro tendrá garantizada la atestiguación de uno de los eventos que marcará la historia
de la humanidad para siempre. En las butacas y los balcones se encuentran
políticos, artistas, empresarios, banqueros, filósofos, y gente que hizo todo
lo posible para estar ahí en ese momento. La expectación crece conforme se
llenan los asientos desde abajo hacia arriba, hasta llegar a los márgenes de
las salidas hacia la gran escalera central del vestíbulo.
Debajo
de la duela que sostiene las sillas y los instrumentos musicales, justo en uno
de los pasillos de utilería se encuentra sentado un hombre solitario, su pelo
cubierto de polvo blanco que ha dejado marcada su cabeza con señales de vejez,
encorvado por el peso de años que sostiene su espalda, y con su mirada perdida
en alguna mancha sobre una columna de madera, como si fuera una ventana oscura
hacia una realidad superior misteriosa. El hombre solitario no tiene una idea
de cómo podría terminar su demostración sinfónica, aunque vagamente sabe que
bajo sus condiciones corporales lo impredecible será la regla de la noche. Todo
su cuerpo está controlado por sus nervios, conocedor que ese mismo día uno de
sus sueños se cumplirá; pero su espíritu es fuerte, y sabe que no hay punto de
retorno… entre él y la posteridad sólo queda la conducción de la orquesta.
Por fin el reloj marcó el momento,
y el maestro de ceremonias, elegantemente vestido, baja las escaleras del
escenario para encontrarse con el compositor.
- Herr Beethoven, es hora. –
Pero el ilustre compositor sólo lo observa con
mirada resignada. Después le pasa una tabla y un lápiz al maestro de
ceremonias, quien se sonroja un poco por el hecho de olvidar la discapacidad de
su interlocutor.
“Herr Beethoven, es hora de que comience el
concierto, el público lo está esperando.” Escribió.
El músico se levanta lentamente y
camina hacia las escaleras cojeando, y aunque el maestro de ceremonias ofreció
su brazo para sostenerlo, Beethoven lo rechaza con una señal de su mano. En el
escenario todos los músicos están en sus puestos, arreglando sus partituras,
acomodándose el vestuario, comentando en voz baja algunas trivialidades. Pero
cuando ven al gran maestro tomar la batuta, se ponen de pie y lo reciben con
respetuosos aplausos, al igual que el público que espera con curiosidad la
conducción de un hombre sordo de una orquesta musical, caso equiparable a ver
un mudo dar un discurso real delante la nación. Pero para Beethoven todo es
silencio, un profundo e indiferente silencio, como si contemplara el paisaje
dentro de una piscina, donde los sonidos exteriores no tienen poder y sólo
predomina la tiranía de la opaca y líquida audición.
Después
de unos segundos el maestro de ceremonias pide que todos tomen sus asientos, la
tranquilidad vuelve al recinto y tanto los músicos como los miembros del coro
se preparan para comenzar la aventura de la Novena Sinfonía, la última completa
de la vida del compositor alemán. Empieza el primer movimiento, con los
violines dándole entrada a los matices del Allegro, intercambiando con las
demás cuerdas la construcción del poema exaltado que aumentaría su tono en el
segundo movimiento, Scherzo, el cual haría una parada suave y reconfortante con
el tercer movimiento, Adagio, con la intención de tranquilizar y llevar a los
espectadores hasta un cálido sueño que no pudiera sospechar del glorioso
repertorio que caería sobre ellos con el cuarto movimiento, Recitativo.
El maestro sólo puede limitarse a
mover sus brazos y adivinar las notas que tocan todos los músicos de acuerdo a
la posición de sus manos y dedos sobre sus instrumentos respectivos, pero su
corazón arde cuando la orquesta de su cerebro interpreta para su alma los
acordes y las letras de la Oda a Alegría, su composición principal, su magnus opus, y junto al coro decide
cantarla en silencio, dejando pasar las palabras del poema musical sobre su
memoria:
Alegría, bella chispa divina,
Hija del Elíseo,
¡Entramos, borrachos de fuego,
Divina, en tu santuario!
Tus hechizos reúnen
Lo que la costumbre severa dividó;
Todos los hombres serán hermanos
Donde repose tu suave ala.
Quienquiera que logre el gran éxito
De ser amigo de un amigo;
Quien consiga una dulce esposa,
¡Que entremeta su júbilo!
¡Sí, también quien pueda reclamar
Un alma sola de la tierra!
Y quien jamás haya podido, que se hurte
Llorando de esta banda.
Por
primera vez en la vida del planeta se escuchaba el famoso himno que en nuestro
tiempo es ícono de la amistad y la paz mundial, interpretado en todo tipo de
eventos, desde partidos intercontinentales hasta cumbres de la Unión Europea.
Todos los presentes en el teatro escuchan embelesados las palabras del coro, y
se dejan llevar por el mensaje hasta que en un cambio repentino de ritmo el
himno los lleva a recibir la clave de la existencia de la alegría que tanto
ensalza la obra de Beethoven: Dios mismo.
Recibid un abrazo, millones
Este beso es para todo el Mundo
Hermanos, por encima del beso estrellado
debe vivir un Padre cariñoso.
¿Os postráis, millones?
¿Presientes al Creador, mundo?
Buscadle sobre el cielo estrellado
Sobre estrellas debe vivir.
La sinfonía más famosa de la historia le da
gloria y honra a quien honor merece, y reconoce que la dicha eterna que sumerge
a los humanos en gozo perdurable tiene sus raíces en la presencia del Dios
Altísimo, quien habita entre las estrellas y desborda de amor y cariño. El
mismo poema exhorta a la raza humana a que se postre en adoración hacia el Rey
de reyes y Señor de señores, exaltándolo por ser quien tiene la autoridad de
hacer que un sordo pueda convertirse en el compositor más destacado del mundo;
por permitir que un tartamudo como Moisés pudiera levantarse enfrente del
faraón para argumentar en pro de la liberación del pueblo de Israel, y que
después dirigiera a toda una nación a través del desierto hostil; por lograr
que trescientos hombres armados con cántaros infligieran tal pavor en el
ejército madianita que amenazaba la integridad del pueblo de Dios; por dejar
que un copero pudiera levantar las murallas de una ciudad derruida, aun a pesar
de los intentos destructivos de Sambalat y compañía. ¡Ese es el Dios que el
sordo Beethoven adoraba! ¡El Dios que le permitió ver las cosas que no son como
si fueran!
Cuando la sinfonía finalizó, y el coro y los
instrumentos callaron, Herr Beethoven sólo recibió silencio de su alrededor, pero
sus ojos no podían contener el alboroto de imágenes que atravesaban su
asombrada conciencia. Los músicos y el coro dejaron sus instrumentos y
partituras para ocuparse en ovacionar a Beethoven, y cuando el compositor se
dio la vuelta notó que el público estaba
enloquecido, y aunque le era imposible escuchar el torrente de aplausos y
silbidos, pudo sentir el temblor de la euforia que los presentes le enviaban
como un manto que cubría el teatro entero. Esa vienesa noche nunca pasará al
olvido, mientras una orquesta interprete la bella pieza en cualquier recinto
del mundo, se estará recordando que no se necesita el sentido del oído para
poder escuchar la música del Creador. No se necesita la vista para contemplar
el fuego del Espíritu Santo, ni el olfato para crear la fragancia de adoración
que le podemos brindar a nuestro Padre Celestial. Si crees que tienes alguna
limitación en tu vida, y no necesariamente tiene que ser física, recuerda que
tienes de tu lado al Dios de lo imposible, el cual se glorificará de las
maneras más impredecibles si decidimos ser usados con humildad y amor hacia Él.
Cuando el mundo ve en nosotros un carbón sucio y despreciable, Dios ve un
diamante valioso e impenetrable, con el filo para derribar cualquier estructura
que se interponga en sus proyectos para nuestra vida, de acuerdo a su perfecta
voluntad.
"Bástate mi gracia, porque mi Poder se perfecciona en tu debilidad". 2 Corintios 2:19
DFDarmijo


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