VOLTEA MÁS SEGUIDO AL CIELO
La gloriosa visión de Apocalipsis 19
16 de septiembre de 2012. El Señor nos permitió ir a la Ciudad de México a mi familia y a un servidor para ver el desfile militar que se realiza cada año con motivo del aniversario de la Independencia Nacional, y ya entrada la mañana, antes de las 11, mucha gente se encontraba congregada en los márgenes del Paseo de la Reforma para poder ver a los soldados marchar. Ahí estaban ya mis padres apostados, apartando un excelente lugar justo frente a la glorieta dedicada a Cristobal Colón, mientras yo caminaba rumbo a ellos cuando de repente un sonido estremecedor inundó progresivamente el ambiente, sobresaliendo de manera gradual de occidente a oriente. Al principio parecía el rumor de un camión o, pero después comprendí que se trataba de un grupo de poderosos aviones militares que avanzaban a gran velocidad por encima de los imponentes rascacielos del Paseo, realizando su trayectoria hasta el Zócalo para saludar al presidente Calderón. He de decir que nunca había escuchado algo similar en mi vida, fue una ráfaga de decibelios que caían y se estrellaban con la solidez de los edificios, aumentando así el eco de su fortaleza acústica. Al asomar mi rostro hacia el cielo descubrí la presencia de dichas aeronaves, dejando una estela de varias columnas de humo verde, blanco y rojo. Minutos más tarde seguirían asomándose más aviones de distintos tipos, desde ruidosos helicópteros hasta avasalladores boeings sobre la capital del país. De manera intermitente las personas admiraban la parafernalia de los uniformes y armamento de los soldados que desfilaban, y segundos después le daban trabajo a sus cuellos para dejar de lado a los terrícolas y en vez de eso esperar la aparición de más máquinas aladas, las cuales reclamaban la total atención con sus rugidos vibrantes. Como recapitulación a mi experiencia, llegué a la conclusión de que lo que más me gustó e impresionó del desfile militar fueron, sin duda alguna, los aviones y helicópteros. Y al reflexionar en el suceso me acordé de un evento celeste que conmocionará al mundo entero, pues será el evento programado más impactante que la historia humana pueda jamás registrar: me refiero a la Segunda Venida de Cristo.
Como seres humanos, finitos y falibles, caemos todos los días en el rumor entumecedor de la rutina, nos mantenemos apegados a las actividades "terrestres" para poder comer las tortillas y el arroz de nuestra dieta mexicana; estudiamos arduamente para ser personas exitosas y poder ascender en los ámbitos académicos o empresariales; llegamos a acostumbrarnos tanto al color de nuestra propia existencia, que al menor destello en las alturas abrimos nuestras bocas y exclamamos "ohhhhhh's"" y "ahhhhhhh's" de asombro y fascinación. El hombre siempre ha admirado el cielo y los espectáculos del mismo, prueba de ello se puede encontrar una vez más con la ilustración del desfile: en que cuando los soldados marchaban la gente soltaba vivas y aplausos, pero cuando los aviones pasaban todos nos olvidábamos de los soldados y nos dejábamos impactar por las moles metálicas que tocaban con su sombra nuestras cabezas. Las alturas nos dan la perspectiva de Dios, desde donde observamos nuestra propia realidad a escala, donde los edificios son miniaturas de colección y los automóviles se reducen a hormigas curiosas que serpentean sobre caminitos grises. Y al verse todo lo humano pequeño, los problemas y dolores de la vida también empequeñecen. Esa es la maravilla del cielo, que no teniendo reglas humanas, limitaciones ni carencias, se extiende hasta el infinito y desemboca en los pies de Dios.
Es parte de nuestra naturaleza, viene innata en nuestra composición, nadando en las caudalosas corrientes de sangre de nuestras venas: la tierra nos es familiar porque de ella estamos hechos, somos polvo, pero el cielo nos hace ser como niños, siempre se aparecerá novedoso y sorpresivo. Dios, el Creador Supremo y conocedor de nuestra tierna y pequeña naturaleza, utilizará el espacio aéreo para derrotar al anticristo y establecer su milenario reinado con cede en Israel. Jesucristo, quien había entrado a la Ciudad Santa, Jerusalén, montado en un humilde asno, anónimo, corriente, despreciado, ahora penetrará a la misma ciudad pero montado en un corcel blanco, vestido de una túnica roja carmesí, su cabello será blanco como la lana, y de su boca saldrá la Espada del Espíritu, la Palabra, para destruir por completo a los rebeldes ejércitos cegados y engañados por satanás a través de su instrumento humano. Jesucristo ya no será el Siervo Sufriente, ahora será reconocido como el Rey de reyes, ya no vendrá a ser clavado en una cruz, ahora vendrá a pisotear para siempre el poder del infierno.
Y lo que es tan emocionante es que nosotros, los hijos de Dios, los que hemos sido redimidos por la sangre del Cordero, formaremos parte del contingente que Jesucristo empleará para su regreso glorioso. Apocalipsis 19 señala que también estaremos montados en caballos blancos, y nuestras vestiduras del mismo color puro que los corceles. ¡Qué gran emoción participar directamente de ese suceso futuro! A veces pensamos que estaremos parados en la tierra cuando eso suceda, pero la realidad bíblica es que regresaremos con Él desde el aire. Tan sólo trata de imaginarte en el cielo, rodeado de fuego, luces y poder espiritual, al lado de personas como San Pablo, San Pedro, Martín Lutero, John Wesley o Johnatan Edwards; formado junto con los arcángeles Miguel y Gabriel, y sobretodo, viendo hacia delante al guía del ejército, al Salvador, al Creador, al Jefe de jefes, al Topoderoso, al que hace que los montes se despedacen como castillos de naipes tan sólo a una orden de su voz. Si unos cuantos avioncitos, obras de manos humanas, podían estremecer a toda una multitud, ¡cuánto más no sacudirá los mismos cimientos de la tierra la presencia visible del Gran Yo Soy!
Te invito a que leas Apocalipsis 19, capítulo de la Biblia preferido por un servidor, y te deleites imaginando lo que va a tomar lugar en los próximos años. En los establos del Rey tienes reservado un caballo con el cual descenderás a formar parte del reino de Dios, y en alguna vitrina de oro se encuentra guardada tu túnica, de acuerdo a tu talla y tu medida, y por supuesto, si en esta vida no se te hace conocer Israel, ten por seguro que conocerás Jerusalén lo quieras o no, entrando después de Jesús a través de la puerta que mira al Monte de los Olivos. Que esta reflexión aumente tu alegría y esperanza futura y que sepas que tú eres terrestre por el momento, pero tu nacionalidad está en el cielo. Así que no estaría de más voltear de vez en cuando hacia arriba.


Glorioso será ese gran día!!!
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